La pelada está tendida en unos cojines azules, a campo abierto, con una lencería beige y tatuajes en los brazos y el pecho. El man apenas se deja ver, de cintura para abajo, con el brazo pintado igual. Nada de luces ni de estudio: parece la terraza de una casa cualquiera.
Ella arranca mamándosela sin apuro, mirándolo de rato en rato. Después se monta encima y el cuerpazo se le marca completo con cada movimiento. En un momento pasa una brisa y ninguno de los dos le presta atención. Así es el porno colombiano cuando lo graban de verdad: una tipa que le mete ganas y un gringo de vacaciones que no se cree la suerte que tuvo.
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